Patas de fierro


Cuando pasa el patas de fierro todo se detiene para admirarlo, bandereros le saludan agitando sus banderas diciéndole en su lenguaje hasta pronto, niños se deslumbran del espectáculo que perciben sus ojos y el patas de fierro ronco con voz metálica les dice adiós.

Cierro mis ojos y me imagino con gorro y bigotes siendo el conductor con vista panorámica hacia el futuro del pasado, manteniéndome en los rieles de mis pensamientos de trenes, vislumbro el paisaje de antaño y comprendo historias que guaran los patas de fierro.

Hago sonar el silbado milagroso del aquí estoy, miro por sus pequeñas ventanas visionarias, enmarcadas del metal y comprendo que los patas de fierro pasan por el corazón del pueblo y se detienen en las estaciones de la rareza del adiós.

Miro por sus espejos y veo la majestuosidad de sus carros, la incomprensión de sus ruedas y la quietud de su armazón. 
Tantas puertas, tantos comedores, tantos asientos esperando al viajante, al viajante romántico, al viajante abatido, al viajante que entra en el alma del patas de fierro. 

En los destinos del patas de fierro se ven lágrimas apretadas por besos y sonrisas estiradas por las manos, y el patas de fierro descansa su continuidad encerrada, pidiendo reposo, 
pidiendo rieles infinitos. 

El patas de fierro pronto dejará la estación perdida y buscará su próximo destino,
con boletos de ida y vuelta o con boletos de hasta nunca más nos veremos.

Oh patas fierro, columna vertebral de los montes y ciudades, 
¿Qué escondes en tu regocijo de humo y en tu lenguaje afilado, que me tienes anonadado con tu  presencia altiva? 

Oh patas de fierro, 
sangre del carbón, 
viajas por escaleras acostadas,  
por los serafines paisajes que adornan tu presencia noble,
y yo lleno de ira te trato de alcanzar con mi imagen y no me esperas.