Sonríe porque hoy todos te están mirando


Tus pómulos no entienden la terquedad de tus labios
que tratan de volar y alcanzar tus ojos,
y estos hoy además amanecen errantes
no queriendo toparse con nada,
Y tus manos parecieran que se quieren hacer una,
buscándose, palpándose y torturándose las articulaciones.

Por dios que indebida acción la de tus labios
que forcejean con la pena 
y dejan en tu cara una minúscula alegría,
tus ojos nuevamente difieren,
buscando
complacencia en tus zapatos mal lustrados.

Ya está,
ha salido la primera y rápidamente aproximas tu mano quitándotela,
te das cuenta y nadie te mira,
solo tú y tu sonrisa saben realmente
que eres de las que les gusta interpretar papeles ajenos.

Cierras los ojos,
pidiéndoles por favor que detengan el augurio,
pero estos parecen ventanales invernales traspirados
cuando decides abrirlos.

Ya está,
nuevamente la sonrisa interrumpe
abriéndote los portales de la aceptación,
ahora tus ojos atrapados encuentran guarida,
y te ves sonriente a lo lejos,
y te ves sonriente a lo lejos.

Separación indebida al corazón por un padre que lo trasladaron al sur del país


Corrió detrás del automóvil, pero ya era demasiado tarde.

Desterrado miró hacia el fondo de la carretera que aún dejaba ver el último resquicio del Chevrolet Impala negro.

Pensó que aún Anita miraba hacia atrás buscando con sus ojos el ultimo adiós, por última vez y antes de dar la vuelta y regresar a casa movió su mano tiritona diciendo adiós, mientras en voz baja sus labios decían “te quiero”.

Aún por su cara se podían ver riachuelos de lágrimas y mirando hacia atrás sentada en el asiento trasero del Chevrolet Impala buscaba a lo lejos de la carretera a Gonzalo.

Pensó que aún este miraba y se despedía por última vez mirando como ella se alejaba.

Antes de dar la vuelta y sentarse recta a vivir una vida alejada de su primer amor, movió su manita tiritona diciendo adiós, mientras en voz baja sus labios decían “te quiero”.

Calle gris


Los carteles que señalizan los ir y venir de los ciudadanos por la calle gris, tienen más alegría que el vendedor de frutas que te dice “cariño” y que la china amable que trata de hablar el buen español.



Porque por la calles transitan cuando nadie los mira, los tristes solitarios,
y que te puedo decir del vendedor de loterías parado en la esquina diciéndote “jefe”
y que te puedo decir del agente de banco que te saluda siempre sonriendo y se despide diciéndote “fue un gusto haberte visto”



Por la calle gris se ponen de acuerdo calladamente para sonreírse,
pero cuando sus miradas no se topan parece que su saliva les sabiera amarga,
porque la sonrisa se les trasforma en pena y quedan cabeza gacha buscando consolación.



Pero sólo basta con que uno de todos decida afrontar sus penas para que en cadena los tristes solitarios que quedan, decidan sonreír.
Y lo hacen unos tras otros, llenándose la calle de sonrisas; grandes y pequeñas
apacibles y deducibles; extrañas y amargas.



Pero solo basta con que uno de todos decida caer en la pena otra vez, para que en cadena todos vuelvan a caer en ella.
Y lo hacen unos tras otros, llenándose la calle de tristeza; sollozante y alterada, callada y trepadora, dual y sarcástica.



La calle gris va quedando  al encontrar la noche, solitaria, sin más ruido que el ruido de su cemento que cruje en su intimidad gris desolada.
Algunos osados caminan por la extremidad de su suelo a las horas en donde la calle gris se vuelve de humo e intransigente.
Los pasos por esas horas se afrontan  intranquilos en la calle gris, el mirar es atento, cauto y cada cierto rato se mira atrás como mirando si se dejara estela, intuyendo de algún secreto perseguidor, que el mismísimo instante cuando te volteas se esconde para no ser descubierto.



La noche se va alejando y la calle gris vuelve a tener vida poco a poco; de esquina en esquina, de respiro en respiro y de acera en acera, la calle gris vuelve a ser completamente gris.
Se pueden ver los transeúntes conectados,  como carros de un largo tren por los rieles íntimos de la calle gris.
Hoy la calle gris, despierta como siempre,
y yo que hoy decido sonreír me atrevo a pasar por el centro congestionado de ella.



Trato de evitar lo inevitable,
ya he caído en sus redes me doy cuenta,
me han mirado fijamente pidiéndome una monedita y mi sonrisa la he extraviado.


Dijo que sí y la miró de cerquita
sin siquiera dejar que ella
se diera cuenta.

Secretamente detuvo el tiempo en un dos por tres chasqueando sus dedos quedando todo detenido antes que ella pudiera decir algo.

Realizó una vista más que rápida de la situación frunciendo el rostro extrañado  y como árbol que se desprende de sus raíces para salir corriendo en libertad, movió su cuerpo lentamente sorprendido y observando que era el único que podía moverse.

La  rodeo observándola detenidamente de pies a cabeza,
de lejos y de cerca,
cual artista observa su mejor obra buscando el detalle de la perfección.

Se quedó un rato mirándola,
cabalgando por recuerdos sus pensamientos,
finalmente, puso sus ojos en detalle a la merced de los suyos,
observándose a sí mismo de la forma en que ella lo hacía,
se sintió avergonzado,
completamente afortunado eso sí,
no debió dudar de ella, pensó.

Con un chasquido volvió todo a la normalidad.
Ella dijo sí,
de igual forma después de decirlo este respiró tranquilo.

Pueden besarse se escuchó alegremente,
sus bocas se tejieron entre lenguas en un dos por tres y los invitados aplaudieron,
al dejar el beso, él la miro fijamente como queriendo chasquear sus dedos.


Tu ausencia


Apareció tu ausencia como cataclismo ante mi vida,
porque en un abrir y cerrar de ojos ya no estabas a mi lado.

Y yo miré en todos los sitios para ver si te escondías picarona,
mas,  llegué a tardar cerca de siete lunas llenas en darme cuenta que ya no estabas.

Que la ropa interior que dejaste,
la olvidaste en los cajones como quien deja limosnas a la libido.

Que las sabanas arrugadas de una cama hecha a despecho,
guardan el latido de tu corazón corrompido antes de marcharte.

Que tu perfume aún adherido a la almohada,
penetra por mis poros teniéndote a mi lado si quiero tenerte e imaginarte.

Que tus enseres que me voy encontrando abandonados,
simbolizan que dejaste pequeños respiros para que no te olvidase.

Pero voy triste,
como si nunca antes hubiera sentido tristeza,
como si la alegría quisiera huir de mi lado evitándome.

Cabizbajo,
casi rozando mi frente por el suelo,
como rama a punto de quebrarse por la lluvia de mis ojos.

Perdiendo el corazón,
como si lo estuviera arrastrando a fuerzas para que el tampoco me dejase,
como si este palpitara sólo para pedirme la eutanasia.

Pero desdichadamente aún te amo
y no me cuesta nada amarte,
como si lo hubiera perdido todo,
menos el don de hacerlo.

¿Dónde te refugiarás fugitiva,
que increíblemente te siento tan de cerca,
invadiéndome con tu llanto,
como esperando afligida que mis brazos te rodearan otra vez?

Qué inverosímil puede llegar a ser el amor en tu ausencia mi amada,
tan imperioso y fulminante cuando el mismo se lo propone,
y tan obstinado cuando él quiere serlo, no dejándome nunca olvidarte.

Conspirados


Me miraste desde lejos al llegar,
como quien mira envenenando dulcemente.

Y no me quise mejorar jamás,
de la profundidad de tu ojos.

Mientras te acercabas inmaculada,
preparando tus labios para los míos y mi lengua esperaba temblorosa.

Me tomaste de la mano,
como cual prisionero quedé yo.

Y no me quise escapar jamás,
de la trampa que impusieron tus dedos.

Mientras ellos jugaban conociéndose,
les alimentabas el deseo sugiriéndoles una palma a disposición  de los roces.

Me abrazaste desde el cuello,
como quien cuelga arrimándose ante un precipicio. 

Y no quise desprenderme jamás,
de tu cuerpo ante el mío.

Mientras me apretabas sigilosamente respirándome al oído y mi cuerpo se entregaba con destino próximo a tu habitación.

Me guiñaste un ojo enjaulándome con tu ceja,
buscando mi complicidad.

Y no quise ponerte en duda jamás,
aproximando mis labios sobre tu cuello de aroma dulzor.

Mientras me llevabas más allá de la puerta y te desplomabas entregada sobre el rojo de la cubierta de una cama esquinada.

Me miraste rendida por última vez,
antes de cerrar tus ojos y expirar el último agito.

Y no quise quitarte de mí vista jamás,
permitiéndome hacerle guardia a tus sueños.

Mientras tu sonrisa de plegaria al despertar,
me cercenaba el alma ante tan bella innovación de tus labios. 

En el balcón de la discordia


Cuando estoy en el balcón de la discordia, apoyo:
una copa morada del vino que sangra y deja estelas por donde voy arrimándola,
un plato pequeño que sirve de cenicero, perfectamente pequeño para no fumar en colmo,  y un pocillo ovalado cristalino en donde se estacionan las olivas verdes que tanto le gusta saborear a mi paladar. 

Además, duermo pensamientos errantes,
difiero lagunas negras que se posan en mi mente,
decreto caminos directos al porvenir de mis sueños, para que estos no se duerman ni mermen en las estaciones en donde hibernan,
e infiero el dictamen exquisito del  destino sobre mis ojos,
sobresaliéndome una sonrisa sosegada.

En el balcón,
además de sentarme sobre la silla plegada de la visión trasmutada,
elogio las nubes desde mi sitio, buscándolas con mis ojos que se me escapan para verlas de más cerca,
concentro el silencio de mi todo enrollándome, haciéndome un embrollo y convirtiéndome finalmente en polvillo, para pertenecer al todo y perderme en mil pedazos un rato.

Además,  atenuó  mis pasos encajonados por el que dirán,
desmiembro el pasado llegando a la niñez, buscando resquicios sobre imágenes explosivas,
miro al sol fijamente, quedándome concentrado en sus rayos que me traspasan la vigorosidad,
y finalmente espero quieto la lluvia para quedarme en silencio solitario,
prosiguiendo mi vida cuando ella se aleje.