Calle gris


Los carteles que señalizan los ir y venir de los ciudadanos por la calle gris, tienen más alegría que el vendedor de frutas que te dice “cariño” y que la china amable que trata de hablar el buen español.



Porque por la calles transitan cuando nadie los mira, los tristes solitarios,
y que te puedo decir del vendedor de loterías parado en la esquina diciéndote “jefe”
y que te puedo decir del agente de banco que te saluda siempre sonriendo y se despide diciéndote “fue un gusto haberte visto”



Por la calle gris se ponen de acuerdo calladamente para sonreírse,
pero cuando sus miradas no se topan parece que su saliva les sabiera amarga,
porque la sonrisa se les trasforma en pena y quedan cabeza gacha buscando consolación.



Pero sólo basta con que uno de todos decida afrontar sus penas para que en cadena los tristes solitarios que quedan, decidan sonreír.
Y lo hacen unos tras otros, llenándose la calle de sonrisas; grandes y pequeñas
apacibles y deducibles; extrañas y amargas.



Pero solo basta con que uno de todos decida caer en la pena otra vez, para que en cadena todos vuelvan a caer en ella.
Y lo hacen unos tras otros, llenándose la calle de tristeza; sollozante y alterada, callada y trepadora, dual y sarcástica.



La calle gris va quedando  al encontrar la noche, solitaria, sin más ruido que el ruido de su cemento que cruje en su intimidad gris desolada.
Algunos osados caminan por la extremidad de su suelo a las horas en donde la calle gris se vuelve de humo e intransigente.
Los pasos por esas horas se afrontan  intranquilos en la calle gris, el mirar es atento, cauto y cada cierto rato se mira atrás como mirando si se dejara estela, intuyendo de algún secreto perseguidor, que el mismísimo instante cuando te volteas se esconde para no ser descubierto.



La noche se va alejando y la calle gris vuelve a tener vida poco a poco; de esquina en esquina, de respiro en respiro y de acera en acera, la calle gris vuelve a ser completamente gris.
Se pueden ver los transeúntes conectados,  como carros de un largo tren por los rieles íntimos de la calle gris.
Hoy la calle gris, despierta como siempre,
y yo que hoy decido sonreír me atrevo a pasar por el centro congestionado de ella.



Trato de evitar lo inevitable,
ya he caído en sus redes me doy cuenta,
me han mirado fijamente pidiéndome una monedita y mi sonrisa la he extraviado.