En el balcón de la discordia


Cuando estoy en el balcón de la discordia, apoyo:
una copa morada del vino que sangra y deja estelas por donde voy arrimándola,
un plato pequeño que sirve de cenicero, perfectamente pequeño para no fumar en colmo,  y un pocillo ovalado cristalino en donde se estacionan las olivas verdes que tanto le gusta saborear a mi paladar. 

Además, duermo pensamientos errantes,
difiero lagunas negras que se posan en mi mente,
decreto caminos directos al porvenir de mis sueños, para que estos no se duerman ni mermen en las estaciones en donde hibernan,
e infiero el dictamen exquisito del  destino sobre mis ojos,
sobresaliéndome una sonrisa sosegada.

En el balcón,
además de sentarme sobre la silla plegada de la visión trasmutada,
elogio las nubes desde mi sitio, buscándolas con mis ojos que se me escapan para verlas de más cerca,
concentro el silencio de mi todo enrollándome, haciéndome un embrollo y convirtiéndome finalmente en polvillo, para pertenecer al todo y perderme en mil pedazos un rato.

Además,  atenuó  mis pasos encajonados por el que dirán,
desmiembro el pasado llegando a la niñez, buscando resquicios sobre imágenes explosivas,
miro al sol fijamente, quedándome concentrado en sus rayos que me traspasan la vigorosidad,
y finalmente espero quieto la lluvia para quedarme en silencio solitario,
prosiguiendo mi vida cuando ella se aleje.