Membrillo


Mi primer amor fue un membrillo
que apareció enterrado en el patio
justo frente a mi ventana,
con mis ojos infantiles
y ante un descuido de atención
en alguna  jugarreta,
detuve pasatiempos
para dedicarme a contemplar.


Más aún,
abracé su tronco impenetrable,
acaricié sus misteriosos ojos,
alimenté su sed una y otra vez al bajar el sol
para un día ver la vida en sus ramas,
comprendiendo la visita de las abejas
la desaparición de sus flores blancas
y la presencia de sus verdes abrigadas
con chaquetas de piel
que de un día a otro
como un animal hambriento cogí
para desnudarlas,  mascarlas  
y quedar maravillosamente
amembrillado.

Hubieron problemas,
digamos de pareja,
pero no piensen que estos eran de deseo,
simplemente eran comunes,
comunes problemas
entre un membrillo
y un amembrillado.

Un día decidimos
ante la desesperación de mantenernos juntos
invitar un tercero que hiciera de apaciguador
de nuestros encuentros más íntimos,
desde ese preciso instante 
vivimos del reencuentro
de un amor destinado al acto
marcado por el gozo
y la aceptación de la poligamia.

Decapitación por culpa de los pensamientos


Tenía cabeza de globo terráqueo
y no por tener el cuerpo pequeño
sino por pensar
y caer en el ejercicio continuo
del verbo en todas sus formas,
pobre mi cuello que no dio más y se derrumbó
dejando caer mi cabeza por los suelos,
la cual tuvo un forzoso aterrizaje
y quedó desparramada,
me sentí desnudo,
mis mejillas se colorearon
y sonreí,
como quien lo hace al sentirse
descubierto,
es que eran mis pensamientos
los que estaban bañando
al vecindario,
mis más íntimos pensamientos.

La multitud me rodeaba
y se escucharon cosas como:
¡Allá va la desdicha!
¡Allá va el amor!
¡Allá va la locura!
¡Allá voy yo! Grité  ¡Allá voy yo!.

Cerré mis ojos creo yo por
un par de horas de lamento,
hasta que oí que dijeron:
“Está muerto…. no hay nada que hacer, está muerto”.
Los abrí cuando fui abrumado por el silencio
de la tierra que recupera lo suyo,
busqué mi cuerpo por todos lados
para encontrarlo
en un remolino de muerte,
y por más que intenté pedirle
que se levantara
y juntara al ser
que los pensamientos separó,
este no lo hizo.

Fue,
cuando comencé a llorar
y el oleaje triste me llevó
a las alcantarillas de la luz,
que entre sus auténticos barrotes
mostraron mi cuerpo levantarse,
caminar en dirección desconocida
y ni siquiera mirar hacia atrás.

Cena para dos


No pueden faltar los ravioles con salsa boloñesa excitados del queso parmesano recién rallado,
la ensalada multicolor esperando el baño de una alcuza ilustre,
el pan caliente respirando,
las pelotitas de mantequilla que se abrazan a esos cuchillos brillantes,
las copas de agua que siempre me preocupo que estén llenas,
tal cual  como las de vino que miran boquiabierta  como una botella se apoya
y le llenas el vientre de vida.

Las servillas estarán sobre nuestros muslos y viajaran a las bocas
que se mantienen secas y distantes,
habrá silencio
y mientras,
nuestros ojos se precipitaran a dialogar,
alzaremos las copas
en mutuo acuerdo
para chocarlas
y dejar nuestros oídos
contentos.

Recordaremos el cómo nos conocimos
culpando  al destino de nuestro enlace mágico,
viajaremos a la primera mirada,
nos detendremos en el momento exacto,
desvestiremos el primer beso
y soñaremos,
soñaremos que ya han pasado años,
que la mesa se hace más grande,
que la vida sigue a través de nuestras imagen  
postal colgada en la casa de un tal Cupido.

Hablaremos de la muerte
y el silencio trisará las copas,
manchará manteles,
volteará los platos,
y perderá las servilletas,
porque si la muerte quisiera algún día separarnos,
por más que lo intente no podrá hacerlo….

Unos postres dulces a intercambio,
unas risas que llenan por completo aquel lugar que parecía estar vacío,
sillas acercadas a la mesa, 
puertas cerradas que quedan vivas....
y nuestra imagen perfecta
se va lentamente perdiendo por las calles,
para quedar para siempre en la retina del mundo.

Domingo con relámpagos


Que el libro se quede abierto y en el mismo sitio,
que el sofá no pierda su arrugues,
que la lamparita no se deje de prender a eso de las nueve con el noticiario,
hasta buenas noches yo me voy a dormir……

Se escucho:
¡Abuelita!, ¡Abuelita!, ¡Abuelita!
con eco pasando por la vísceras de la tierra,
un domingo de relámpago en el barrio
y una niña que pedía explicación,
mirando al cielo
sobre el cuerpo que abrazaba
y no paraba de llorar.

Dejo a todos sin aire,
asfixiados del recuerdo
tan propio y viviente,
tragando esa amargues
 y recogiendo el alma,
que parece que saliera disparada
ante la impotencia del desentendimiento
más cruel que te custodia la vida entera,
impago de respuestas
coleccionamos escaleras
y seguimos llorando
como fuentes inmortales
destinadas
a la rebelión.

Nuestro corazón
tiene dentro un corazón
que se pone triste
cuando la cabeza
decide recordar,
es que no hay comprensión,
solo existe el ¿Por qué?
y el silencio mas frio
como respuesta.

Nos quedamos impagos,
caminamos y caminamos,
nos aliamos a la memoria
buscando vida como un mago
busca dentro de su sombrero
una paloma que ha volado alto,
lloramos
y volvemos a llorar
para reír y expirar resignación,
no habiendo bruma
no habiendo sol
ni menos habiendo un Dios
que valga tal distanciamiento.

Puerto, triste puerto


En el pequeño puerto de Costas Verdes se esconde una misteriosa historia que seguro no podrán olvidar. 


Costas verdes, llamado así  por sus primeros habitantes que se maravillaron ante su grandioso paisaje de cerros verdosos  que llegaban a besar el mar. Entrando la década de los setenta pasaba por su mejor momento, claro está, su excelente ubicación geográfica  servía de puente para el traslado de cebada entre continente y continente; siendo un lugar de paso, donde navegantes y barcos se detenían para tomar fuerza y continuar su viaje.

“Costas verdes en su momento fue en lugar donde mejor se podía vivir en el país y me atrevería a decir en el mundo, el dinero estaba en Costas verdes, la gente más pudiente vacacionaba acá, por las noches este lugar no dormía, era común ver a artistas paseando en sus coches de lujo, si querías estar donde estaba lo último de lo ultimo tenias que venir a Costas Verdes” Comenta Adrian Molineros, alcalde por esos tiempos.


Al “Gato de agua” barco de mayor renombre por esos años, ya sea por su gran  estructura como por sus lujosas fiestas, se le puede ver por estos días jubilado, amarrado a un puerto ahora solitario, envejecido y nostálgico, que vive del recuerdo de sus años gloriosos.


“Estamos entrando ante un tema delicado, el mal pasar de Costas Verdes en la actualidad es culpa de gente que no estuvo invitada a la fiesta de los años gloriosos que paso este puerto, simplemente quiso sacar provechó, hundiendo la ciudad, su gente y el porvenir” agrega Carlos Barbudo, capitán del “Gato de agua”.

Entrando a principios de los ochenta, un día catorce de febrero, donde muchos y no solo en Costas Verdes  celebran el día del amor, se esconde el principio de la desgracia para este pueblo. 

Se cuenta, que el propietario de los campos de cebada del sur se enamoro de una linda mujer en uno de sus viajes de reconocimiento al pasar por Costas Verdes. La vida le sonreía, todos sus esfuerzos se centraron en llenar de lujo el puerto donde nació aquella muchacha, todo y cada cosa que le pasaba a Costas Verdes era resultado de una linda historia de amor, como si el corazón de aquella muchacha ante el amor, iluminara con la misma luz el corazón de Costas Verdes.

Lamentablemente ese catorce de febrero de principios de los ochenta,  la fiesta del amor se tiño de un rojo envidia, de un rojo que dejo las aguas que bañan a Costas Verdes, de un futuro incierto, de un futuro lleno de melancolía.  A eso de las diez de noche, un coche bomba explotaba en el “Gran Casino” muriendo  las ciento cincuenta personas que disfrutaban de la fiesta, entre ellas Jorge Rumillones dueño de los campos de cebada y Carla Fruttnes su enamorada, y el caso del “Bombazo al Gran Casino” quedó archivado en las carpetas de la injusticia.
Fue como si, en ese atentando además de esas ciento cincuenta personas mataran a Costas Verdes, los barcos ya sea por los adelantos en la náutica como por la nueva clausula en los nuevos contratos que prohíbe expresamente  la detención de las embarcaciones en dicho puerto, miran a lo lejos una ciudad que ha quedado en el completo olvido.

El dueño actual de los campos de cebada Reimundo Rumillones, único hijo del fallecido Jorge Rumillones explica que la clausula de no detención es para darle más eficacia al traslado, agregando incluso que el capital de la empresa se ha visto incrementado y que la relación con los cerveceros está más afianzada.

Costas Verdes no se queda ahí y su gente cree que esto no solo guarda intereses económicos. Primero que todo comienzan diciendo, que nunca se han encontrado al o a los culpables del atentado en el Gran Casino, segundo que la conexión actual de la familia Rumillones con los mafiosos cerveceros guarda gato encerrado. Claro, antes los barcos dejaban las mercancías lo más rápido posible para volver por mas cebada, eso si antes pasaban por Campos Verdes, ahora al dejar las mercancías deben esperar quince días en Puerto Delirante,  ciudad donde se fabrica la famosa cerveza del mismo nombre. 

En resumen dicha clausula no permite detenerse en Campos Verdes pero obliga a las embarcaciones a esperar quince días en Puerto Delirante , con esto los impuestos por atraque se quedan en dicho puerto, sus empleados recorren sus calles gastando dinero, los turistas contemplan la llegada de los diez grandes barcos que traen la cebada mes a mes y una ciudad antes en silencio se llena del ruido del progreso y de las fiestas que no tienen fin.
¿Qué se esconde en la aferrada amistad del hijo del fallecido Reimundo Rumillones con la mafia cervecera? ¿Estamos ante un complot familiar, impulsado por un hijo que quería ser el único heredero y atentó contra su propio padre por miedo a que una desconocida tuviera participación económica en un negocio en donde él tenía puestos todos sus sueños? ¿Por qué la justicia hace oídos sordos de un atentado en donde murieron ciento cincuenta personas? 

Sean ustedes los mismos jueces en esta historia, yo por mi parte creo que la avaricia es capaz de muchas cosas, como la de vivir con la conciencia sucia, los bolsillos llenos de dinero y  de sepultar un pueblo entero que ahora como un barco hundido pide volver a flote.