Cena para dos


No pueden faltar los ravioles con salsa boloñesa excitados del queso parmesano recién rallado,
la ensalada multicolor esperando el baño de una alcuza ilustre,
el pan caliente respirando,
las pelotitas de mantequilla que se abrazan a esos cuchillos brillantes,
las copas de agua que siempre me preocupo que estén llenas,
tal cual  como las de vino que miran boquiabierta  como una botella se apoya
y le llenas el vientre de vida.

Las servillas estarán sobre nuestros muslos y viajaran a las bocas
que se mantienen secas y distantes,
habrá silencio
y mientras,
nuestros ojos se precipitaran a dialogar,
alzaremos las copas
en mutuo acuerdo
para chocarlas
y dejar nuestros oídos
contentos.

Recordaremos el cómo nos conocimos
culpando  al destino de nuestro enlace mágico,
viajaremos a la primera mirada,
nos detendremos en el momento exacto,
desvestiremos el primer beso
y soñaremos,
soñaremos que ya han pasado años,
que la mesa se hace más grande,
que la vida sigue a través de nuestras imagen  
postal colgada en la casa de un tal Cupido.

Hablaremos de la muerte
y el silencio trisará las copas,
manchará manteles,
volteará los platos,
y perderá las servilletas,
porque si la muerte quisiera algún día separarnos,
por más que lo intente no podrá hacerlo….

Unos postres dulces a intercambio,
unas risas que llenan por completo aquel lugar que parecía estar vacío,
sillas acercadas a la mesa, 
puertas cerradas que quedan vivas....
y nuestra imagen perfecta
se va lentamente perdiendo por las calles,
para quedar para siempre en la retina del mundo.