Membrillo


Mi primer amor fue un membrillo
que apareció enterrado en el patio
justo frente a mi ventana,
con mis ojos infantiles
y ante un descuido de atención
en alguna  jugarreta,
detuve pasatiempos
para dedicarme a contemplar.


Más aún,
abracé su tronco impenetrable,
acaricié sus misteriosos ojos,
alimenté su sed una y otra vez al bajar el sol
para un día ver la vida en sus ramas,
comprendiendo la visita de las abejas
la desaparición de sus flores blancas
y la presencia de sus verdes abrigadas
con chaquetas de piel
que de un día a otro
como un animal hambriento cogí
para desnudarlas,  mascarlas  
y quedar maravillosamente
amembrillado.

Hubieron problemas,
digamos de pareja,
pero no piensen que estos eran de deseo,
simplemente eran comunes,
comunes problemas
entre un membrillo
y un amembrillado.

Un día decidimos
ante la desesperación de mantenernos juntos
invitar un tercero que hiciera de apaciguador
de nuestros encuentros más íntimos,
desde ese preciso instante 
vivimos del reencuentro
de un amor destinado al acto
marcado por el gozo
y la aceptación de la poligamia.