Puerto, triste puerto


En el pequeño puerto de Costas Verdes se esconde una misteriosa historia que seguro no podrán olvidar. 


Costas verdes, llamado así  por sus primeros habitantes que se maravillaron ante su grandioso paisaje de cerros verdosos  que llegaban a besar el mar. Entrando la década de los setenta pasaba por su mejor momento, claro está, su excelente ubicación geográfica  servía de puente para el traslado de cebada entre continente y continente; siendo un lugar de paso, donde navegantes y barcos se detenían para tomar fuerza y continuar su viaje.

“Costas verdes en su momento fue en lugar donde mejor se podía vivir en el país y me atrevería a decir en el mundo, el dinero estaba en Costas verdes, la gente más pudiente vacacionaba acá, por las noches este lugar no dormía, era común ver a artistas paseando en sus coches de lujo, si querías estar donde estaba lo último de lo ultimo tenias que venir a Costas Verdes” Comenta Adrian Molineros, alcalde por esos tiempos.


Al “Gato de agua” barco de mayor renombre por esos años, ya sea por su gran  estructura como por sus lujosas fiestas, se le puede ver por estos días jubilado, amarrado a un puerto ahora solitario, envejecido y nostálgico, que vive del recuerdo de sus años gloriosos.


“Estamos entrando ante un tema delicado, el mal pasar de Costas Verdes en la actualidad es culpa de gente que no estuvo invitada a la fiesta de los años gloriosos que paso este puerto, simplemente quiso sacar provechó, hundiendo la ciudad, su gente y el porvenir” agrega Carlos Barbudo, capitán del “Gato de agua”.

Entrando a principios de los ochenta, un día catorce de febrero, donde muchos y no solo en Costas Verdes  celebran el día del amor, se esconde el principio de la desgracia para este pueblo. 

Se cuenta, que el propietario de los campos de cebada del sur se enamoro de una linda mujer en uno de sus viajes de reconocimiento al pasar por Costas Verdes. La vida le sonreía, todos sus esfuerzos se centraron en llenar de lujo el puerto donde nació aquella muchacha, todo y cada cosa que le pasaba a Costas Verdes era resultado de una linda historia de amor, como si el corazón de aquella muchacha ante el amor, iluminara con la misma luz el corazón de Costas Verdes.

Lamentablemente ese catorce de febrero de principios de los ochenta,  la fiesta del amor se tiño de un rojo envidia, de un rojo que dejo las aguas que bañan a Costas Verdes, de un futuro incierto, de un futuro lleno de melancolía.  A eso de las diez de noche, un coche bomba explotaba en el “Gran Casino” muriendo  las ciento cincuenta personas que disfrutaban de la fiesta, entre ellas Jorge Rumillones dueño de los campos de cebada y Carla Fruttnes su enamorada, y el caso del “Bombazo al Gran Casino” quedó archivado en las carpetas de la injusticia.
Fue como si, en ese atentando además de esas ciento cincuenta personas mataran a Costas Verdes, los barcos ya sea por los adelantos en la náutica como por la nueva clausula en los nuevos contratos que prohíbe expresamente  la detención de las embarcaciones en dicho puerto, miran a lo lejos una ciudad que ha quedado en el completo olvido.

El dueño actual de los campos de cebada Reimundo Rumillones, único hijo del fallecido Jorge Rumillones explica que la clausula de no detención es para darle más eficacia al traslado, agregando incluso que el capital de la empresa se ha visto incrementado y que la relación con los cerveceros está más afianzada.

Costas Verdes no se queda ahí y su gente cree que esto no solo guarda intereses económicos. Primero que todo comienzan diciendo, que nunca se han encontrado al o a los culpables del atentado en el Gran Casino, segundo que la conexión actual de la familia Rumillones con los mafiosos cerveceros guarda gato encerrado. Claro, antes los barcos dejaban las mercancías lo más rápido posible para volver por mas cebada, eso si antes pasaban por Campos Verdes, ahora al dejar las mercancías deben esperar quince días en Puerto Delirante,  ciudad donde se fabrica la famosa cerveza del mismo nombre. 

En resumen dicha clausula no permite detenerse en Campos Verdes pero obliga a las embarcaciones a esperar quince días en Puerto Delirante , con esto los impuestos por atraque se quedan en dicho puerto, sus empleados recorren sus calles gastando dinero, los turistas contemplan la llegada de los diez grandes barcos que traen la cebada mes a mes y una ciudad antes en silencio se llena del ruido del progreso y de las fiestas que no tienen fin.
¿Qué se esconde en la aferrada amistad del hijo del fallecido Reimundo Rumillones con la mafia cervecera? ¿Estamos ante un complot familiar, impulsado por un hijo que quería ser el único heredero y atentó contra su propio padre por miedo a que una desconocida tuviera participación económica en un negocio en donde él tenía puestos todos sus sueños? ¿Por qué la justicia hace oídos sordos de un atentado en donde murieron ciento cincuenta personas? 

Sean ustedes los mismos jueces en esta historia, yo por mi parte creo que la avaricia es capaz de muchas cosas, como la de vivir con la conciencia sucia, los bolsillos llenos de dinero y  de sepultar un pueblo entero que ahora como un barco hundido pide volver a flote.